Cecilia Payne, la mujer que descubrió el mayor secreto de las estrellas

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Nunca sabremos de qué están hechas las estrellas.  Con esta frase lapidaria, el renombrado filósofo francés Auguste Compte, considerado como el padre de la sociología científica, dejaba sentada su posición sobre la idea de conocer la composición de esos pequeños puntos que se observaban en el firmamento. 

Era el año de 1835, y para ese momento ya se tenía un extenso catalogo de estrellas que había sido desarrollado en 1801 en el Observatorio de París por el astrónomo Joseph Lalande. Durante todo el siglo XIX el catalogo de Lalande, con detalles de casi 50 mil estrellas, fue la referencia principal para los astrónomos. El detalle que no se conocía era justamente lo que para Compte parecía un imposible, al no tener la posibilidad de viajar a una estrella y tomar una muestra para analizarla, pudiendo así dilucidar su composición química. 

Pasaría casi un siglo para encontrar la respuesta, gracias a una joven, responsable de una verdadera revolución en astronomía y en nuestro entendimiento del universo. Sucedió en 1925, cuando una estudiante presentaba la que ha sido destacada por muchos como la mas brillante tesis doctoral escrita nunca en astronomía. El trabajo se titula ““Atmósferas estelares, una contribución al estudio de observación de las altas temperaturas en las capas inversoras de estrellas” y allí se encuentra la respuesta a uno de los mayores secretos de las estrellas.

Con tan solo 25 años, su autora Cecilia Helena Payne-Gaposchkin había determinado las temperaturas y concentraciones químicas de las estrellas, encontrando que el hidrógeno y el helio eran sus componentes esenciales. Demostró además que el hidrógeno, no solamente era lo más abundante en las estrellas, sino también en el universo. Su resultado fue ridiculizado al comienzo, pues se pensaba que la composición química de las estrellas era similar a la Tierra, aunque pocos años después toda la comunidad astronómica tuvo que aceptar su valioso descubrimiento.

Su interés por la astronomía había surgido rápidamente después de obtener una beca para estudiar ciencias en la prestigiosa Universidad de Cambridge, en Inglaterra. Al completar sus estudios, no le dieron el grado que le corresponda por la discriminación a las mujeres por aquel entonces en la institución, quienes no recibían título reconocido. Su opción fue buscar nuevos horizontes en un lugar con mas oportunidades, y así llegó con otra beca al Harvard College Observatory en Estados Unidos. En 1938 finalmente consiguió el título oficial de astrónoma.

Su ingente trabajo en astronomía es comparable a la lucha que lideró contra la discriminación hacia las mujeres. En la Universidad de Harvard, fue la primera profesora asociada y la primera mujer en dirigir un departamento, lo que la convirtió en una gran fuente de inspiración para miles de mujeres que querían abrirse camino en la ciencia. Tras su muerte, el 7 de diciembre de 1979, su vida seguirá siendo una demostración de la misoginia de la sociedad, que le puso innumerables tropiezos antes de finalmente otorgarle el reconocimiento que merecía.

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