Vamos a dar una vuelta al cielo

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Tal vez un sitio de aire sereno y tranquilo sea lo que muchos están buscando a la hora de planear unas vacaciones para descansar y olvidarse del trabajo. Para otros, esa condición se vuelve rigurosamente indispensable para poder trabajar. Me refiero a los que tienen por oficina algún observatorio astronómico. 

La recomendación para estos últimos, la había dado Isaac Newton en el siglo XVII; la observación astronómica requería de un sitio con condiciones especiales. En palabras del propio Newton, se necesitaba un sitio de aire sereno y tranquilo que minimice los temblores que la atmósfera induce en los rayos luminosos que la atraviesan. Sus incontables experimentos con la luz le daban la capacidad para hablar con propiedad de los nefastos efectos de la atmósfera sobre la calidad de las observaciones. 

En ese momento las aplicaciones de la astronomía tenían conexión directa con la navegación y la geodesia. Mejorar las técnicas de navegación, que impulsaran el comercio, era indispensable para los planes de los ingleses, quienes construyen el primer observatorio náutico, el Observatorio Real de Greenwich, en 1675. La elaboración de mapas útiles para la navegación marítima, a partir de la observación de astros, también fue determinante en Francia, que pocos años atrás, en 1667, había fundado el Observatorio de París. 

Ambos lugares se ubican a una altitud muy baja, teniendo sobre ellos todas las capas de la atmósfera. Pese a las recomendaciones de Newton, durante mucho tiempo los observatorios se siguieron construyendo prácticamente a nivel del mar. 

Fue solo hasta 1856, cuando el astrónomo escocés Charles Piazzi Smyth, establece la primera estación astronómica de montaña del mundo, con la intención de corroborar por primera vez las ideas de Newton sobre la mejora en la observación de los astros desde alturas elevadas, eliminando así capas de atmósfera que perturban a la luz.

Piazzi emprende un viaje por encima de las nubes, hasta la cumbre la montaña de Guajara, a unos 2700 metros de altura, en la isla de Tenerife en las Canarias. Lo acompañaba en su travesía su esposa, la geóloga Jessi Duncan, un par de guías locales, un intérprete y veinte mulas y caballos. No podía faltar el elemento más importante, un telescopio como testigo directo de las primeras observaciones que se hacían desde un observatorio de altura, con la Luna como protagonista. 

Durante un mes, los curiosos aventureros confirmaron exitosamente las bondades del lugar, dejando bajo sus pies la atmósfera más densa del planeta, un velo que desde la cima de la montaña podían evadir. La hazaña continuó, subiendo otro telescopio, el doble de grande (19 cm de diámetro), hasta donde ya no pudieron más. Llegaron a 3260 metros de altura, a menos de 500 metros del pico del Teide, el punto mas alto de España, y se deleitaron durante otro mes observando a Júpiter, estrellas binarias, y muchos otros objetos, con una nitidez nunca antes observada por humano alguno.

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