
Durante siglos, dibujar el mundo fue una manera de domesticar lo desconocido, aunque siempre implicó una ilusión, creer que la superficie curva del planeta podía desplegarse sobre una hoja sin alterar sus formas, distancias o proporciones. Ahora, la decisión de la Asamblea General de las Naciones Unidas de promover representaciones más fieles del tamaño de los continentes ha reabierto una discusión tan antigua como la cartografía.
Los primeros mapas organizaban el territorio conocido mediante observaciones y relatos de viajeros, hasta que los griegos convirtieron la forma de la Tierra en un problema científico. Eratóstenes calculó su circunferencia comparando la altura del Sol en dos ciudades de Egipto, mientras Ptolomeo empleó coordenadas de latitud y longitud para situar cualquier lugar sobre una esfera.
La astronomía fue indispensable para establecer el mapa del mundo, porque antes de los satélites los navegantes miraban el cielo. La latitud podía calcularse observando la estrella polar o el Sol sobre el horizonte, mientras determinar la longitud exigía comparar la hora local con la de un meridiano de referencia. Durante siglos se recurrió a eclipses, movimientos lunares y tablas astronómicas, de modo que navegar significaba leer el firmamento para encontrar un lugar sobre la Tierra.
Con los viajes oceánicos de los siglos XV y XVI, los mapas adquirieron enorme valor, mientras las cartas costeras resultaban insuficientes para atravesar mares desconocidos. En ese contexto apareció Gerardus Mercator, nacido en 1512 en Rupelmonde, cuyo verdadero nombre era Gerard de Kremer. Estudió en la Universidad de Lovaina y se formó junto al matemático Gemma Frisius, de quien aprendió cálculo, grabado y fabricación de globos.
Más que un cartógrafo, Mercator fue matemático, artesano y cosmógrafo, una profesión que integraba el conocimiento de la Tierra con el estudio del cielo. Construyó un globo terrestre en 1541 y uno celeste en 1551, fabricó instrumentos astronómicos y tuvo un ejemplar de la primera edición de la obra de Copérnico, en cuyas páginas dejó anotaciones que muestran su interés por las ideas astronómicas.
En 1569 publicó el mapamundi que lo haría célebre, concebido para resolver un problema de navegación, pues su proyección permitía que una ruta seguida con rumbo constante apareciera como una línea recta, facilitando el uso de la brújula. Para conservar los ángulos y las direcciones locales, Mercator aumentó la separación entre los paralelos al aproximarse a los polos, lo cual deformó cada vez más las superficies situadas en latitudes altas.
Por esta razón, Groenlandia parece casi tan grande como África en muchos mapas, aunque el continente africano tiene aproximadamente catorce veces su superficie, y Europa, Canadá y Rusia aparecen sobredimensionados, mientras las regiones ecuatoriales parecen menores. Se puede decir que era el costo matemático de resolver un problema náutico, aunque la dificultad surgió cuando una herramienta diseñada para navegar comenzó a utilizarse como representación general del planeta.