Estrellas Urbanas y la historia de Benjamin Banneker

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Nuestros antepasados disfrutaban de la contemplación del firmamento. Más allá de la mera curiosidad, observar las estrellas tenía un propósito fundamental que permitía marcar los cambios de estación, establecer calendarios y comprender los ciclos naturales, hechos que fomentaron el florecimiento de sus sociedades. 

La planificación y construcción de ciudades fue uno de los cometidos en donde culturas como los mayas, egipcios, chinos e incas utilizaron el conocimiento astronómico para alinear sus construcciones con eventos celestes y establecer la orientación de sus estructuras arquitectónicas más relevantes, algo que hoy es materia de estudio de la arqueoastronomía. Las majestuosas pirámides del Sol y la Luna en Teotihuacán, de 63 y 45 metros de altura respectivamente, están alineadas con precisión astronómica, marcando eventos importantes como los solsticios y equinoccios. Estas estructuras no solo servían como monumentos ceremoniales, sino también como calendarios vivientes que conectaban la vida cotidiana de sus habitantes con los ritmos del cosmos. Otro ejemplo es la ciudad de Jaipur en India, que fue construida por el maharajá Jai Singh II, un apasionado astrónomo y matemático, y que cuenta con una colección de monumentos que son testimonio de la importancia de la astronomía en la planificación urbana. 

En la época moderna, la conexión entre la astronomía y la planificación urbana también se hizo evidente. Uno de los mejores ejemplos es Washington D.C., la capital de Estados Unidos. Esta historia tiene como protagonista a un matemático y astrónomo autodidacta afroamericano del siglo XVIII. Benjamin Banneker, como se llamaba, era un plantador de tabaco que desempeñó un papel fundamental en la planificación de esta emblemática ciudad. A pesar de no haber recibido educación formal, tenía un ferviente deseo de aprender y una mente inquisitiva, y gracias a su genialidad y pasión por la ciencia destacó desde temprana edad. 

Se dice que Benjamin fue el primer intelectual afroamericano, y muestra de ello es la construcción a mano de un reloj de péndulo con toda la maquinaria en madera y la publicación entre 1791 y 1802 de un almanaque que contenía efemérides, tablas de mareas, y cálculos precisos con predicciones astronómicas que incluía información sobre futuros eclipses. Esta publicación es considerada el primer libro científico publicado por un afroamericano.

En 1790, el flamante presidente George Washington recibió autorización para delinear el sitio de una nueva ciudad a lo largo del río Potomac, y estaba en manos del  Secretario de Estado, Thomas Jefferson, el desafío de diseñar y planificar Washington D.C. como la futura capital de la nación. Fue en este momento crucial cuando Benjamin, gracias a su experiencia en astronomía, fue comisionado para contribuir en la monumental tarea.  Se necesitaba un asistente que pudiera leer las estrellas para que la ubicación de marcadores de piedra que delimitarían la ciudad fuera lo más precisa posible.

Acostado mirando al firmamento durante seis noches, Benjamin registró los tiempos de los tránsitos de estrellas. El primer marcador de piedra se instaló en medio de una gran celebración el 15 de abril de 1791.  Treinta y seis de las cuarenta piedras originales que marcan la forma de diamante original de 10 millas por 10 millas de la capital de los Estados Unidos, permanecen actualmente en su lugar, pasando inadvertidas por la mayoría de los habitantes, pero dejando evidencia de sus orígenes.

Hoy en día, la astronomía sigue siendo relevante en la planificación urbana. La ubicación de edificios y monumentos, la iluminación de calles y la eficiencia energética son solo algunos ejemplos de cómo el estudio del firmamento, considerando en particular la posición del Sol en diferentes épocas del año, puede influir en el diseño de ciudades sostenibles.

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