La energía en la evolución de las civilizaciones

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La energía es el motor que impulsa nuestra existencia. Sin ella, el mundo tal como lo conocemos se paralizaría. Desde los primeros fuegos que calentaban nuestras cavernas ancestrales hasta las complejas infraestructuras energéticas de la sociedad moderna, hemos buscado formas de satisfacer nuestras necesidades energéticas. 

En los primeros tiempos, los seres humanos dependían principalmente de la energía almacenada en los alimentos para satisfacer sus necesidades básicas de supervivencia. Sin embargo, a medida que las sociedades se volvieron más complejas, surgieron nuevas necesidades y se requería una mayor cantidad de energía para alimentar ahora el crecimiento económico y tecnológico. Hoy en día, esa necesidad energética se ha multiplicado vertiginosamente. La energía se ha convertido en el cimiento invisible que sustenta cada aspecto de la vida moderna.

Durante la Revolución Industrial en el siglo XVIII, la demanda de energía se disparó con la introducción de la maquinaria impulsada por vapor. La energía del carbón desencadenó una transformación sin precedentes en la industria y el transporte, impulsando el crecimiento económico y cambiando la forma en que vivimos y trabajamos. La demanda mundial de energía primaria, que incluye todas las formas de energía utilizadas directamente por la sociedad, aumentó de alrededor de 10 exajulios (EJ) en 1750 a aproximadamente 20 EJ en 1850. Un EJ es un trillón de julios, siendo un julio la energía que se necesita par levantar una masa de 100 gramos a una altura de un metro.

Posteriormente, a medida que avanzaba el siglo XX, el descubrimiento y la explotación de nuevos recursos energéticos, como el petróleo y el gas natural, llevaron a un aumento aún mayor en la demanda de energía. Para final del siglo la cifra ya rondaba los 400 EJ, y en el año 2022 el valor llegó a los 600.  Este crecimiento en nuestra demanda energética nos lleva a reflexionar sobre el futuro de nuestra civilización, e imaginar el potencial de aprovechar y controlar la energía a gran escala. 

Y hablando de escalas, la de Kardashev, propuesta por el astrofísico Nikolai Kardashev en 1964, clasifica a las civilizaciones en función de su capacidad para aprovechar y utilizar la energía disponible. En esta escala, una civilización de tipo 1 puede utilizar y controlar toda la energía disponible en su planeta de origen, como la energía solar y la energía geotérmica. Para llegar a ser una civilización de tipo 1, la humanidad debería avanzar hacia una mayor eficiencia energética y aprovechar al máximo las fuentes renovables, lo cual puede tomar algunos siglos.

Sin embargo, el salto hacia una civilización de tipo 2, capaz de utilizar y aprovechar la energía de una estrella entera, requeriría avances aún más significativos. Se necesitarían tecnologías como la construcción de megaestructuras alrededor de estrellas, como esferas de Dyson, para capturar y utilizar la energía solar a gran escala.  El salto hacia una civilización de tipo 2 es un objetivo ambicioso pero probablemente alcanzable solo en el futuro lejano. Para convertirlo en realidad se requiere un enfoque global, grandes avances tecnológicos y una decidida la cooperación internacional que promueva el intercambio de conocimientos y la inversión en infraestructuras energéticas sostenibles. Sería un esfuerzo conjunto de gobiernos, instituciones científicas, empresas privadas y la sociedad en su conjunto. 

Por el momento la idea de una civilización con tal dominio sobre la energía vive solo en la realidad de la ciencia ficción, pero nos invita a soñar en grande y a reconocer el potencial ilimitado de la energía en la configuración del futuro de nuestra civilización.

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