Células en el espacio 

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La salud es uno de los bienes más preciados, no solo para los que vivimos sobre la faz de la Tierra, sino también para los que lo hacen en el espacio. Estar saludable resulta determinante para superar uno de los exámenes mas temidos en el proceso de selección para ser astronauta, el que valora la condición física. Los astronautas reciben un entrenamiento militar diseñado para asegurar la supervivencia, en uno de los ambientes mas hostiles que conocemos, el espacio exterior.  

Vivir orbitando la Tierra a 400 kilómetros de altura, como ahora mismo lo hacen los humanos que habitan la Estación Espacial Internacional (EEI), exige el uso de sistemas de soporte vital, poniendo al límite las innovaciones tecnológicas. Sin embargo, siguen existiendo riesgos asociados a los cambios físicos que se experimentan debido a los efectos de la microgravedad, la radiación y el confinamiento, por mencionar solo algunos de los mas destacados, sobre el desarrollo normal de la vida como la conocemos.

Los viajes espaciales causan multitud de cambios en el cuerpo humano, muchos de los cuales aun están por descubrir.  Los mas notables son la descalcificación de los huesos, pérdida de masa muscular, alteraciones del sistema inmunitario, problemas de visión y riesgo de cáncer. Pese a que mas de 600 seres humanos han conquistado el espacio, aun tenemos un conocimiento muy limitado sobre los efectos a largo plazo de las aventuras espaciales, por ejemplo detalles sobre las alteraciones que sufren las células, o lo que se suele denominar como “la biología del viaje espacial”.

Estudios recientes, incluyendo experimentos en ratones, y hasta el proyecto con los gemelos astronautas – uno viviendo un año en el espacio para comparar sus cambios con su hermano que se quedó en tierra, han encontrado alteraciones en los sistemas cardiovascular y neurológico, y cambios a nivel epigenético y de expresión génica, así como en la longitud de los extremos de los cromosomas. Nos queda un largo camino de investigación en este campo para determinar con exactitud la forma de contrarrestar los efectos negativos.

Las más recientes misiones a la EEI están experimentando con chips de tejido. Se trata de celdas del tamaño de un pulgar, que actúan cómo hogares artificiales para células,  donde se estudia de manera controlada las alteraciones que experimentan. Estas imitaciones de órganos pueden ser la clave para entender los procesos y enfermedades asociadas al envejecimiento, que transcurren más rápido en el espacio, proporcionando un modelo para predecir si un fármaco o vacuna es seguro en los seres humanos con mayor rapidez y eficacia que los métodos actuales; tratamientos y técnicas que luego beneficiarán la salud humana en la Tierra. 

En las próximas décadas tendremos numerosas expediciones espaciales tripuladas, incluyendo el regreso a la Luna y el primer viaje a Marte, que nos exigen entender mucho mejor los riesgos para la salud que representa la conquista del espacio.  

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