El Jefe de Gobierno que midió la Tierra

 La travesía científica de François Arago.

arago

En una época bastante convulsionada en la historia después de terminarse la Revolución Francesa, un joven de 23 años, quien se convertiría tiempo después en Jefe del Gobierno de Francia, era premiado y reconocido como miembro de la prestigiosa Academia Francesa de las Ciencias, ante la mirada atónita del mismísimo emperador Napoleón Bonaparte.

Para el muchacho de nombre François Arago, aquel momento quedaría grabado en su recuerdo, aún más teniendo en cuenta que escasamente un lustro atrás cuando se encontraba en la sección de artillería de la Escuela Politécnica de París, se negara a felicitar a Napoleón por su coronación.

Justamente el año de proclamación de Napoleón en 1804 fue determinante en la vida de Arago, pues era designado como secretario de la Oficina de Longitudes en el Observatorio de París, lo que significaba el comienzo de una extraordinaria  aventura científica.

La Oficina de Longitudes, que aún existe, se encargaba de la regulación del sistema de tiempos horarios y mediciones terrestres (geodesia). Establecer los límites geográficos de la Tierra era crucial para los intereses científicos pero también geopolíticos de la época. Arago es llamado a formar parte de un grupo expedicionario para hacer mediciones precisas del meridiano de París, referencia de posicionamiento para la longitud geográfica, que rivalizó con el meridiano de Greenwich (finalmente adoptado como referencia mundial en 1884).

En 1806 comienza su viaje por los Pirineos, que lo llevaría hasta Mallorca. Significó una odisea llena de tropiezos, pues en España existía el miedo a una invasión francesa y las mediciones de Arago tenían toda la apariencia de ser parte de un detallado trabajo de espionaje. En alguna ocasión tuvo que hacer uso de su habilidad para imitar acentos para hacerse pasar por paisano.

Finalmente España es invadida por las tropas napoleónicas y Arago tiene que sobrellevar aventuras más propias de un héroe de acción; refugiarse en un castillo en Palma de Mallorca de donde logra escapar al cabo de un mes a bordo de un barco pesquero, pero sufre nuevas calamidades, siendo capturado y encarcelado por corsarios, hasta que, finalmente después de otros contratiempos, logra arribar sano y salvo a Marsella en 1809.

El gran trabajo de Arago, que él mismo describe como las mejores mediciones jamás conseguidas, traspasan fronteras, y algunos de los más destacados científicos de la época, como Humboldt, van a conocerlo.

Su travesía científica es difícilmente descrita en pocas líneas, pues hace aportes en temas tan diversos como óptica y propiedades ondulatorias de la luz, el magnetismo y la polarización, el sonido, y en matemáticas y astronomía. La ciencia y el arte le deben la popularización de la fotografía (daguerrotipo) en el mundo, algo que transformaría la vida de muchas personas.

Su faceta política fue igualmente destacada y lo llevó por un corto tiempo a la jefatura del gobierno francés en 1848. Su apoyo a la educación y las ciencias fue vital para el desarrollo del país, en donde lidera la abolición de la esclavitud en las colonias.   

Hoy se le recuerda en París donde su nombre está grabado en la Torre Eiffel y en 135 medallones de bronce que, sobre una línea imaginaria de 9 kilómetros (línea Arago), popularizado en la novela el Código Da Vinci, atraviesan la ciudad a lo largo de su apreciado meridiano de París.

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