La gravedad cuenta en el fútbol

El fútbol es uno de los deportes en los que más podemos interactuar con las leyes de la física.

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Los futbolistas lo hacen de manera intuitiva, y así comprueban que cuando los partidos se juegan en ciudades altas, la pelota parece no moverse igual. Esto le sucedió a Argentina en las eliminatorias para el Mundial de Francia 98, cuando jugó contra Ecuador en Quito, a 2.850 metros sobre el nivel del mar. Tras perder 2 a 0 el comentario del técnico fue: “Aquí la pelota no dobla”.

 La responsable es la fuerza de atracción de la Tierra, la llamada gravedad. Entre más alto se encuentre el estadio donde se juega, el planeta ejercerá un poco menos de fuerza para atraer la pelota hacia el suelo. Al patear el balón, este seguirá una trayectoria en forma muy semejante a una parábola y llegará más lejos que si el partido se jugara a nivel del mar. La trayectoria parabólica perfecta se lograría si pudiéramos sacar el aire para evitar que frene la pelota, que en la vida real caería un poco antes debido al rozamiento.

Si lanzamos la pelota hacia arriba, con gran velocidad, un arquero puede hacerlo a 200 km/h, esperamos que después de unos segundos caiga al suelo. Sin embargo, en contravía de la popular frase “todo lo que sube tiene que caer” existe una velocidad para la cual la pelota no regresaría al suelo. La llamada velocidad de escape es justamente la que tienen que alcanzar los cohetes que salen de la Tierra, unos 40.320 km/h.

Sería curioso pensar en jugar en la Luna, donde la gravedad es seis veces menor que en nuestro planeta y en donde un saque normal del arquero saldría del estadio.

Pero hay otro efecto que hizo que las cosas en Quito se complicaran para la Selección Argentina. Sumado al efecto de la gravedad, el aire es menos denso a mayores alturas, por lo cual el balón tiene menos resistencia y llega aún más lejos que a nivel del mar.

La relación del fútbol con la física también da para indagar sobre el efecto de las costuras del balón y su incidencia en la turbulencia que genera su rozamiento con el aire, o el efecto de “comba”, que usó Roberto Carlos en 1997 para marcar uno de los mejores goles de la historia.

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