
Durante la Segunda Guerra Mundial, los apagones en Los Ángeles impuestos por el temor a bombardeos, oscurecieron el cielo como no se había visto en décadas. En medio de ese escenario inesperado, donde la oscuridad era una medida de defensa y no un privilegio para los observadores del cielo, al astrónomo Walter Baade encontró una oportunidad única.
Desde el famoso Observatorio del Monte Wilson y utilizando el telescopio Hooker de 100 pulgadas, Baade apuntó hacia una tenue mancha en el cielo, la Galaxia de Andrómeda. Lo que logró allí cambiaría para siempre nuestra percepción del universo. Por primera vez consiguió observar estrellas individuales en una galaxia distinta a la nuestra, y pudo entender además que esas estrellas no eran todas iguales, identificando dos grandes poblaciones estelares, unas jóvenes, brillantes y azuladas ubicadas en los brazos espirales de la galaxia, y otras más viejas, rojizas, concentradas en el núcleo. Esa diferencia, aparentemente técnica, escondía un error fundamental en la forma en que habíamos estado midiendo el cosmos.
Algunos años antes, Edwin Hubble había utilizado estrellas que varían su brillo, las llamadas Cefeidas, para calcular la distancia a Andrómeda. Gracias al trabajo de Henrietta Swan Leavitt, sabíamos que el ritmo con el que estas estrellas cambian de brillo revela su luminosidad real. Comparando esa luminosidad con lo que vemos desde la Tierra, es posible estimar qué tan lejos están. Hubble aplicó este método y obtuvo una respuesta revolucionaria. Andrómeda no era una nube dentro de nuestra galaxia, sino otra galaxia completamente independiente. A partir de ese momento, el universo de repente se volvía algo mucho más grande.
La situación cambio cuando Baade se dio cuenta de que las Cefeidas que Hubble había utilizado pertenecían a un tipo distinto del que él había supuesto. Al corregir esa clasificación y recalibrar las distancias, llegó en 1952 a la conclusión de que Andrómeda estaba aproximadamente al doble de la distancia que se había calculado. Se había duplicado así el tamaño del universo conocido.
Esa historia nos conecta con una pregunta tan simple como interesante, que seguramente muchos nos hemos hecho alguna vez, qué tan lejos podemos ver con nuestros propios ojos.
Si miramos hacia el horizonte en una playa despejada, nuestros ojos apenas alcanzan unos pocos kilómetros antes de que ya no veamos que hay mas allá. Desde una gran montaña, ese límite se expande a unos cientos de kilómetros. Todo parece indicar que estamos confinados a lo cercano, a lo tangible, pero cuando cae la noche, algo cambia, y nuestro sentido de la vista se convierte en la máquina del tiempo más potente que poseemos.
Lo primero que atrapa nuestra atención es la Luna, que está a unos 384.400 kilómetros y vemos luz que salió de allí hace apenas un segundo. Si podemos distinguir a Júpiter brillando, entonces estamos viendo algo que se encuentra a cientos de millones de kilómetros. Pero el verdadero salto ocurre cuando dejamos de mirar lo cercano y nos adentramos en el fondo del cielo.
Las estrellas que vemos pertenecen casi todas a nuestra propia galaxia, la Vía Láctea. La mayoría están a unos pocos cientos o miles de años luz. Incluso las más lejanas que podemos ver individualmente, como V762 Casiopea, se encuentran a unos 16000 años luz, lo que representa nuestro vecindario cercano en la escala del universo.
Si vamos a cielos oscuros, lejos de las ciudades y con baja contaminación lumínica, es posible distinguir a simple vista una pequeña mancha difusa en la constelación de Andrómeda. Se trata justamente de la galaxia de Andrómeda, cuya luz ha viajado durante algo mas de 2.5 millones de años para llegar a nosotros, encontrándose a unos 24 trillones de kilómetros, como nos enseño Baade.
Pero existe un desafío aún mayor, reservado para ojos muy entrenados y cielos absolutamente oscuros. La Galaxia del Triángulo, situada a unos 3 millones de años luz, es mucho más tenue que Andrómeda y detectarla a simple vista es alcanzar el límite teórico de la visión humana profunda. No es imposible, pero no conozco a nadie que la haya visto.