2026, un año para decidir el rumbo de la ciencia

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Hablar del futuro de la ciencia en Colombia en 2026 obliga a reconocer una circunstancia que lo atraviesa todo y que rara vez favorece una reflexión serena, este es un año electoral. Las elecciones presidenciales no solo reordenan el discurso público y las prioridades del Estado, sino que introducen una sensación de pausa e incertidumbre que el sistema científico conoce bien. Son momentos en los que la ciencia suele quedar suspendida entre promesas, balances apresurados y apuestas que dependen más del lenguaje de campaña que de una visión sostenida del conocimiento como política de país.

El punto de partida, sin embargo, no es irrisorio. Lo que se logró en 2025 mostró que la ciencia colombiana no está detenida ni es marginal, incluso cuando parece obligada a funcionar en condiciones frágiles. Hubo producción científica relevante, articulación con redes internacionales, avances en áreas estratégicas como biodiversidad, salud, biotecnología, observación de la Tierra y ciencias del espacio, y una comunidad académica que, pese al desgaste, sigue respondiendo con rigor y responsabilidad. 

Al comenzar este nuevo año, el ecosistema científico se mantiene vivo pero espera señales claras sobre su futuro. El problema es que los años electorales tienden a congelar las decisiones estructurales, los proyectos de largo plazo se ralentizan, los presupuestos se ejecutan con dificultad y cautela, y muchas iniciativas quedan a la espera de saber quién gobernará y con qué prioridades. 

Para la ciencia, esto significa el riesgo claro de convertirse en un asunto transitorio, sometido a la lógica del corto plazo y a la tentación de presentar resultados rápidos que puedan traducirse en titulares, pero no necesariamente en capacidades de largo aliento. En un país donde la inversión en investigación y desarrollo ya es baja, esta pausa puede profundizar una sensación de inestabilidad que afecta especialmente a los grupos emergentes, a los jóvenes investigadores y a los proyectos que requieren continuidad para madurar.

Pese a todo, reducir 2026 a un año perdido sería un error. Las elecciones también abren una ventana que no siempre se aprovecha, la posibilidad de poner la ciencia en el centro del debate público. Los discursos de campaña seguramente estarán plagados de referencias a desarrollo, productividad, soberanía, transición energética, salud y educación, y todos esos temas tienen una base científica evidente. El reto para la comunidad científica será evitar que esas palabras se queden en la típica retórica a la cual ya estamos acostumbrados y lograr que se traduzcan en compromisos verificables, con metas claras, presupuestos definidos y horizontes de tiempo que superen el periodo presidencial.

Soñar no cuesta nada. El 2026 puede ser el año en que la ciencia deje de ser un asunto técnico que se discute solo en documentos especializados y se convierta en un tema político en el mejor sentido de la palabra, es decir, un tema sobre el que la sociedad exige respuestas, continuidad y responsabilidad. Para ello será necesario que la comunidad científica hable con mayor claridad, que explique por qué la investigación no es un lujo ni un gasto superfluo, sino una inversión que sostiene decisiones en salud, ambiente, seguridad alimentaria, gestión del riesgo y desarrollo económico. En un contexto electoral, esta pedagogía pública es tan importante como cualquier artículo científico.

El riesgo, por supuesto, es el contrario. Que la ciencia sea instrumentalizada, fragmentada en promesas o utilizada tan solo como argumento decorativo sin un respaldo real. Ese escenario no sería nuevo, pero podría profundizar el desgaste acumulado de un sistema que ha aprendido a resistir, pero que empieza a mostrar señales de cansancio.

También hay un elemento que no puede ignorarse. Los cambios de gobierno suelen venir acompañados de reestructuraciones institucionales, ajustes en programas y redefiniciones de prioridades. Para la ciencia, esto puede significar tanto pérdidas como oportunidades. Se pueden desmontar iniciativas valiosas por falta de comprensión o continuidad, pero también se pueden corregir errores, fortalecer instrumentos que han demostrado funcionar y abrir espacios para agendas más coherentes. Todo dependerá de qué tan preparada esté la comunidad científica para incidir en esa transición y de qué tan dispuesta esté la clase política a escuchar más allá del corto plazo.

En ese sentido, en este año quizá no debamos esperar transformaciones inmediatas ni resultados espectaculares, pero sí puede definirse algo más sutil y más importante, la dirección del proceso. Si 2026 logra arraigar la idea de que la ciencia no empieza ni termina con un gobierno, que requiere estabilidad, visión y compromiso sostenido, entonces habrá cumplido un papel fundamental. De lo contrario, el sistema seguirá avanzando, pero lo hará cargando el peso de una incertidumbre que limita su inmensa capacidad de transformar el país.

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