El cielo que sembró la tierra

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Hace más de 10.000 años, cuando las comunidades humanas abandonaron el nomadismo y comenzaron a domesticar plantas, fue necesario establecer un orden temporal. ¿Cuándo sembrar?, ¿Cuándo esperar la lluvia? eran preguntas frecuentes cuya respuesta estaba escrita en el firmamento. Sitios arqueológicos como Göbekli Tepe en la actual Turquía, muestran alineaciones astronómicas que sugieren que desde entonces los agricultores primitivos relacionaban la observación del cielo con la organización y desarrollo de sus cultivos.

Cuando pensamos en la agricultura solemos imaginar la tierra, el agua y las semillas, sin detenernos en el cielo con un protagonista silencioso en esta historia, pero es claro que, desde los primeros cultivos, la humanidad aprendió que mirar hacia arriba era tan importante como mirar hacia abajo. Ciclos celestes, como el del Sol, marcaban el ritmo de la siembra y la cosecha, convirtiendo a la astronomía en una aliada fundamental de la agricultura. No es un secreto que la iluminación es el factor crucial en la producción de alimentos, siendo la luz solar la principal fuente de energía para las plantas. 

En Mesopotamia, en la zona denominada Medialuna Fértil, bañada por los ríos Tigris y Eufrates, y donde se considera que se originó la revolución del neolítico que representó un cambio radical de la forma de vida de la humanidad, al pasar de nómada a sedentaria, la observación del firmamento servía para predecir inundaciones y cosechas. En Egipto, la aparición de la estrella Sirio en el horizonte justo antes del amanecer anunciaba la crecida del Nilo, sin la cual no habría sido posible sostener una civilización tan exitosa. Por su parte, en Babilonia se conservan tablillas de arcilla con anotaciones sobre astros, que se usaban para establecer el momento ideal para podar o cosechar.  En todos estos casos, la astronomía era la herramienta que aseguraba la supervivencia.

Nuestro continente americano no fue ajeno a estas ideas, y sus pueblos originarios también tejieron su calendario agrícola con hilos de estrellas. Los mayas construyeron observatorios como el de Chichén Itzá, para registrar los movimientos del Sol y predecir los ciclos esenciales para el cultivo del maíz. En el altiplano andino, algunos cronistas del siglo XVI describieron cómo los agricultores observaban no solo las estrellas, sino también la intensidad de la luz zodiacal, ese resplandor tenue en el cielo causado por el polvo interplanetario. Su brillo más o menos marcado en ciertas estaciones, servía como señal para ajustar las prácticas agrícolas.

En nuestros días, con satélites que miden la humedad del suelo, o que rastrean tormentas y sistemas de predicción climática, podría parecer que ya no necesitamos de las ciencias del espacio. Sin embargo, la misma astronomía que ayudó a los antiguos a organizar su vida agrícola, hoy nos ofrece imágenes desde el espacio para cuidar los cultivos, medir la deforestación o anticipar sequías.

En el Día Mundial de la Agricultura, celebrado cada 9 de septiembre, es bueno recordar que una de las actividades más antiguas para la subsistencia de la humanidad nació bajo un cielo lleno de preguntas, y que que el trigo, el maíz, y el arroz que hoy sostienen a la humanidad fueron posibles gracias a un conocimiento que unió tierra y estrellas.

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