
Georg Christoph Lichtenberg fue uno de los personajes más fascinantes y menos conocidos de la historia de la ciencia,. No fue un Newton ni un Galileo, pero dejó huella en campos tan dispares como la física, la filosofía, la literatura y el arte. Su legado se mueve entre la electricidad y la ironía, entre las matemáticas y los aforismos, entre las chispas de la ciencia y las del ingenio humano.
Lichtenberg vivió en una época en la que aún se creía que los rayos eran castigos divinos, pero también en la que comenzaban a entenderse como fenómenos físicos. Fascinado por la electricidad, construyó uno de los generadores de alto voltaje más grandes de su tiempo, capaz de producir descargas que no solo asombraban, sino que también dejaban misteriosas figuras en polvo sobre superficies planas. Aquellas marcas con patrones ramificados que se asemejan a árboles, rayos o redes neuronales, eran las primeras huellas visibles del comportamiento de la electricidad, y hoy las conocemos como figuras de Lichtenberg.
Si alguna vez ha visto la imagen de una descarga que deja su rastro en la piel o en un bloque de acrílico, entonces habrá contemplado el arte silencioso de la electricidad congelado en el tiempo, un dibujo que Lichtenberg fue el primero en observar con ojos científicos. Fue también quien introdujo los símbolos + y – en la ciencia de la electricidad.
Pero este genio, lejos de quedarse encerrado en el laboratorio, también fue un pensador profundo y provocador. Mantenía una serie de cuadernos privados, a los que llamaba Sudelbücher, literalmente “libros de borradores”. En ellos anotaba reflexiones, preguntas filosóficas, burlas a las supersticiones, comentarios sobre ciencia y sociedad, e incluso ideas para experimentos futuros. Muchos de estos fragmentos han sido publicados y celebrados por generaciones de escritores y científicos. Arthur Schopenhauer, Sigmund Freud, y hasta Nietzsche se confesaron admiradores de sus famosos aforismos. Uno de los más famosos dice: “Nada es más engañoso que un hecho evidente”, una advertencia que sigue siendo válida en la era de la posverdad.
Lichtenberg también fue un pionero en la enseñanza, siendo el primer profesor de física experimental en Alemania y defendiendo el uso del método empírico en un mundo aún dominado por la especulación. Sus clases en la Universidad de Gotinga eran tan populares que los estudiantes llenaban los auditorios, incluso sin estar inscritos oficialmente. A diferencia de muchos de sus contemporáneos, no hablaba desde un púlpito inalcanzable, sino con humor, con dudas, con la emoción de quien descubre junto con sus estudiantes.
Y tenía también un lado muy humano, incluso trágico. Aquejado desde joven por una grave escoliosis, su cuerpo encorvado contrastaba con la lucidez de su pensamiento. No se refugió en la amargura, sino que hizo de su inteligencia un faro. Se burló con elegancia de los dogmas religiosos, de los fanatismos políticos, y de la pseudociencia, y, en más de una ocasión desmontó con ironía teorías absurdas, defendiendo el rigor sin perder el buen humor. De hecho, propuso fundar una especie de oficina para descubrir errores, donde se examinaran afirmaciones populares y científicas para detectar falacias. Sin duda, fue un precursor del pensamiento crítico, mucho antes de que el término se pusiera de moda.
Si Lichtenberg viviera hoy, sería tal vez youtuber, físico experimental, tuitero aforístico, y quizás un enemigo declarado de los charlatanes que hablan con extraterrestres por medio de cristales, y otras especies modernas de superstición con bata de laboratorio.
O tal vez no. Quizás estaría encerrado en su estudio, observando los trazos de un rayo atrapado en un bloque de metacrilato, mientras escribe en su cuaderno una nota breve que, siglos después, aún nos haría pensar.