
Mientras usted lee estas líneas, el telescopio espacial Nancy Grace Roman viaja hacia su lugar de observación, situado a 1,5 millones de kilómetros de la Tierra, desde donde estudiará millones de galaxias, buscará nuevos exoplanetas y aportará información para comprender la materia oscura y la expansión acelerada del universo. Al mismo tiempo que este gigantesco ojo en el espacio se aleja de nuestro planeta, la comunidad astronómica colombiana se reúnió recienteente en Bogotá para celebrar la novena edición del Congreso Colombiano de Astronomía, el CoCoA 2026.
El encuentro llegó en un momento muy interesante, cuando la astronomía mundial está cambiando a gran velocidad gracias a observatorios más potentes, instrumentos más precisos y cantidades de datos que hace pocos años habrían parecido inmanejables. Colombia también hace parte de ese cambio, como lo demuestra un programa que reunió 86 ponencias orales y cerca de 60 pósteres sobre el Sol, las estrellas, las galaxias, los agujeros negros, las ondas gravitacionales, los exoplanetas, la astrobiología y la evolución del universo, junto con trabajos sobre instrumentación, educación, divulgación, historia de la astronomía, ciencia de datos e inteligencia artificial. En pocas palabras, buena parte del universo se discutirá esta semana en Bogotá.
Hace unas décadas habría sido difícil organizar en el país un encuentro con semejante variedad de investigaciones, pues durante buena parte del siglo XX la astronomía colombiana estuvo en manos de un número reducido de investigadores y de grupos de aficionados que mantuvieron vivo el interés por el cielo cuando las oportunidades para formarse profesionalmente eran escasas. Quienes querían dedicarse a esta ciencia comenzaban, por lo general, estudiando física, matemáticas o ingeniería, y luego buscaban en el exterior programas especializados y acceso a observatorios más avanzados.
No era por falta de historia, pues en 1803 Colombia había levantado el primer observatorio astronómico permanente de América y, durante los siglos XIX y XX, figuras como Francisco José de Caldas, José María González Benito, Julio Garavito Armero y Jorge Arias de Greiff contribuyeron al estudio del cielo, la geodesia y la formación de una tradición científica. El problema estaba en la falta de continuidad, ya que había astrónomos, por supuesto, pero todavía no existía una comunidad lo bastante amplia para mantener varias líneas de investigación y formar con regularidad a nuevas generaciones.
Esta novena edición coincidió, además, con una fecha especial, pues el 4 de septiembre, el mismo día de la clausura, Jorge Arias de Greiff cumplió 104 años. Su trayectoria conecta aquel tiempo en el que la astronomía dependía del esfuerzo de unas pocas personas con la comunidad que hoy puede reunirse para presentar decenas de investigaciones sobre asuntos muy diversos.
La situación comenzó a cambiar con la creación de programas académicos, la consolidación de grupos de investigación y el acceso a observaciones obtenidas por telescopios terrestres y espaciales, mientras que internet terminó de modificar las reglas al permitir que una imagen captada en Chile, Hawái o desde una misión espacial pueda analizarse en Colombia pocas horas después.
El programa del CoCoA deja ver esa transformación, con la astrofísica solar y estelar como el área que concentra el mayor número de contribuciones, seguida por galaxias y cosmología, y por los trabajos en instrumentación y ciencia de datos. También destaca el crecimiento de la inteligencia artificial, necesaria porque los nuevos observatorios producen tanta información que nadie podría revisarla imagen por imagen y se requieren algoritmos capaces de clasificar millones de objetos, detectar cambios muy pequeños y encontrar fenómenos poco frecuentes. En este terreno no todo depende de poseer un telescopio gigantesco, pues también cuentan la formación, la capacidad de cómputo, las buenas ideas y la posibilidad de trabajar con colegas de otros países.
Aun con estos avances, la inversión en ciencia sigue siendo insuficiente, faltan oportunidades para los investigadores jóvenes y muchos proyectos dependen de recursos que aparecen un año y desaparecen al siguiente. Tener acceso a datos internacionales abre muchas puertas, pero no reemplaza la necesidad de contar con infraestructura, computadores, instrumentos y equipos de trabajo estables que permitan desarrollar investigaciones a largo plazo.
La novena edición del CoCoA permitió ver cuánto hemos avanzado y, al mismo tiempo, cuánto falta por hacer, sin perder de vista los desafíos pendientes y los nuevos caminos que se abren para esta ciencia en nuestro país.