
Hubo alguien apasionado por la observación del firmamento que pasó once años persiguiendo un fenómeno que dura apenas unas horas No se trató de un error de cálculo ni un fallo en los instrumentos lo que frustró su objetivo, tampoco una mala decisión de último momento, sino una suma de circunstancias adversas que muchos podrían explicar como simple y llana mala suerte. Aun así, la historia de este personaje sigue siendo una de las más ejemplares de la astronomía, porque habla de pasión, de paciencia y de todo lo que se aprende en el camino para lograr lo que buscamos.
Guillaume Le Gentil era el nombre de este personaje que en pleno siglo XVIII emprendió uno de los viajes científicos más largos y persistentes de su tiempo con un objetivo muy claro, observar el tránsito del planeta Venus frente al Sol. El tamaño del sistema solar seguía siendo una intriga para su época, y la observación desde distintos puntos de nuestro planeta de este raro fenómeno permitiría calcular por primera vez la distancia precisa entre la Tierra y el Sol.
En 1761, con el apoyo de la Academia de Ciencias de Francia, Le Gentil partió rumbo a la India con la intención de observar el tránsito desde Puducherry, una antigua colonia francesa. El viaje era largo y complicado, pero a eso se sumo la llegada de la guerra entre Francia e Inglaterra, que cambió rutas, cerró puertos y convirtió el plan inicial en una travesía llena de dolores de cabeza. El día del tránsito lo sorprendió en altamar, a bordo de un barco que se movía sin parar y con el telescopio balanceándose sobre la cubierta, lo que impidió que obtuviera datos precisos. El cielo estaba despejado, el Sol brillaba y Venus pasó frente a él, pero para la ciencia fue como si nada hubiera ocurrido.
Muchos habrían regresado a casa después de este fracaso, pero Le Gentil no lo hizo. Sabía que el siguiente tránsito ocurriría ocho años después, en 1769, y decidió quedarse. No era simplemente un impulso de soñador sino más bien la decisión consciente de quien asume que la ciencia se hace con paciencia. Durante esos años recorrió costas, levantó mapas, estudió la naturaleza del trópico, observó estrellas desde latitudes distintas a las europeas, aprendió idiomas, enfermó, se recuperó y volvió a empezar.
Cuando finalmente se acercó la fecha esperada, la guerra había terminado y todo parecía alinearse para la esperada observación. Le Gentil venía ya preparándose con suficiente tiempo y construyó un pequeño observatorio en Puducherry, ajustó sus instrumentos y hasta recibió de regalo un nuevo telescopio por parte de algunos amigos astrónomos ingleses.
Durante los días previos al fenómeno astronómico, el cielo se mantuvo despejado y nada hacía pensar en un desenlace que no fuera la exitosa observación del tránsito, pero en la madrugada del día señalado, una tormenta cubrió completamente el cielo y no dejó ninguna posibilidad de observación, ni una silueta, ni un dato que pudiera rescatarse. Once años de viaje, dos oportunidades únicas en una vida y ninguna observación útil del fenómeno que había motivado todo su esfuerzo.
El regreso a Francia estuvo a punto de terminar en tragedia cuando cayó al mar, aunque finalmente fue rescatado por un barco español que lo llevó hasta Cádiz, desde donde llegó a París más de una década después de haber iniciado su aventura. Como si no hubiera recibido suficientes decepciones, Le Gentil descubrió que lo habían dado por muerto, que su puesto había sido ocupado y que su herencia había sido repartida.
Y sin embargo, su historia no es un fracaso. Le Gentil volvió de su intrincado periplo con cuadernos llenos de observaciones, con descripciones de tierras lejanas, con datos sobre estrellas, costas y fenómenos naturales que enriquecieron el conocimiento de su época. Volvió transformado, entendiendo que observar el cielo no siempre significa obtener resultados inmediatos y que la ciencia no se construye solo con grandes éxitos, sino también con intentos honestos y largas esperas.