Donde empieza el futuro

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El futuro es como un país extraño en el que hacen falta mapas para explorarlo. A veces lo imaginamos lejano y abstracto, pero buena parte de la historia humana se ha construido intentando descifrar ese territorio que aún no existe. Pensar en el futuro ha sido una manera de entendernos, de anticipar nuestras decisiones y de preguntarnos hacia dónde queremos dirigirnos.

Cada dos de diciembre se celebra el Día Mundial de los Futuros, como una invitación a mirar hacia adelante con imaginación informada. No se trata de adivinar lo que vendrá sino de reflexionar sobre las múltiples posibilidades que podríamos construir a partir de lo que somos hoy. La humanidad lleva milenios haciéndolo. Cuando las primeras civilizaciones levantaban los ojos al cielo buscaban un alivio para sus temores cotidianos, intentaban encontrar en el movimiento de los astros señales que les ayudaran a prever la lluvia, la cosecha o la calma después de la guerra. Sin proponérselo, ese deseo de tranquilidad los llevó a observar con más cuidado, a registrar patrones y a crear los primeros calendarios. La necesidad de imaginar el mañana fue sin duda una de las semillas de la ciencia.

Hoy la pregunta por el futuro continúa, aunque con otros instrumentos y otros propósitos. Ya no buscamos presagios sino caminos posibles construidos a partir de datos, modelos y pensamiento crítico. Cada proyección científica es en el fondo una forma de conversar con lo que aún no ha ocurrido.

Sin embargo, la ciencia no es la única manera de acercarnos al porvenir. La imaginación también ha tenido un papel decisivo en la construcción de lo posible. Muchas ideas que hoy parecen evidentes comenzaron como especulaciones literarias o ejercicios creativos, y es allí donde la frontera entre ciencia y ficción ha sido durante siglos un laboratorio para ensayar posibilidades que más tarde se transformaron en inventos reales. Antes de ser tecnología, la mayoría de las innovaciones fueron imágenes del futuro.

En la actualidad, esta conversación es especialmente necesaria. Nuestro mundo enfrenta desafíos que no pueden abordarse sin una mirada anticipada. La pérdida de biodiversidad, los cambios del clima, la gestión del riesgo, la necesidad de fortalecer la educación científica y la urgencia de imaginar un desarrollo más justo exigen un pensamiento capaz de ver más allá del presente inmediato. Construir futuros posibles implica reconocer que la ciencia no es un adorno sino una herramienta fundamental para proyectar decisiones informadas.

En astronomía ocurre algo que refleja bien esta idea. Cuando trazamos la trayectoria de un cometa interpretamos su historia para anticipar su paso por el cielo. Cuando estudiamos el Sol imaginamos escenarios en los que una fuerte tormenta podría afectar nuestra infraestructura tecnológica. Cada cálculo es una ventana hacia adelante y hacia atrás al mismo tiempo.

La ciencia recuerda que el futuro está rodeado de incertidumbre y que esa incertidumbre no debe ser un motivo de parálisis, sino que puede convertirse en un espacio fértil para la creatividad, la curiosidad y la responsabilidad. Pensar en lo que vendrá es una forma de participación colectiva, una invitación a imaginar lo que aún no existe y a preguntarnos qué tipo de mundo queremos construir.

Cuando observo una noche despejada siento que el cielo no es solo un archivo del pasado, también es un impulso hacia lo que aún no ha ocurrido. No buscamos verdades definitivas,  buscamos recordar que el futuro, aun siendo incierto, se vuelve más cercano cuando lo pensamos con ciencia, con creatividad y con la voluntad de hacerlo posible.

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