
Un hombre lleva a su boca un pequeño trozo de bizcocho mojado en té. El gesto parece simple, pero despierta un recuerdo que creía perdido y lo conduce a revivir una escena entera de su infancia. Con ese regreso inesperado al pasado comienza la novela En busca del tiempo perdido del escritor francés Marcel Proust. Recordar hoy su fallecimiento, ocurrido el 18 de noviembre de 1922, y evocar aquella escena nos brinda una oportunidad para reflexionar de nuevo sobre la manera en que distintas culturas y disciplinas han intentado entender qué es en realidad el tiempo.
Desde los primeros observadores del cielo, que marcaron los ritmos de la vida a partir de los ciclos solares y lunares, hasta las civilizaciones que construyeron calendarios basados en el movimiento de las constelaciones, la humanidad encontró en la regularidad celeste un modelo para organizar su propia existencia. Durante siglos, el tiempo fue entendido como una forma de ordenar el cambio, tal como lo plantearon pensadores griegos que veían en la naturaleza un patrón confiable para interpretar la duración y la sucesión de los fenómenos.
Con el desarrollo de los relojes mecánicos, que surgieron después de los estudios de Galileo sobre la regularidad de las oscilaciones del péndulo y fueron perfeccionados por el astrónomo Christiaan Huygens, se consolidó una nueva visión del tiempo como algo medible con gran precisión. Las ciudades comenzaron a sincronizar sus actividades y los horarios y relojes se volvieron parte indispensable de la vida cotidiana.
Mientras Proust exploraba las variaciones del tiempo en la experiencia humana, recluido durante el último cuarto de su vida en su departamento parisino para escribir las tres mil páginas de la novela sobre su vida, la ciencia emprendía una revisión igualmente profunda de su comprensión del tiempo. A comienzos del siglo XX, la teoría de la relatividad de Einstein planteaba que el tiempo no transcurre de la misma manera para todos los observadores y que la velocidad y la gravedad pueden modificar su ritmo, lo que significó un giro decisivo en la física y obligó a replantear nociones que se consideraban firmes desde hacía siglos.
La astronomía abrió una ventana de conocimiento que unió a los astros con la luz y el tiempo, al mostrar por ejemplo que la luz de las estrellas no llega a la Tierra de inmediato, sino después de viajar durante largos trayectos a través del espacio. Cada estrella que vemos nos revela un fragmento de su pasado y no su estado actual, lo que implica que el cielo nocturno es una composición de tiempos distintos cuya suma forma la imagen que vemos. Esta diferencia entre el momento en que ocurre un fenómeno y el momento en que lo vemos tiene un vínculo sorprendente con la memoria. En la novela de Proust esto se hace evidente cuando muestra que los recuerdos no devuelven el pasado tal como fue, sino que llegan después de mucho tiempo y se moldean según lo que somos en el presente.
En la época de Proust, la astronomía era un tema de amplio interés, impulsado por divulgadores como su coterráneo Camille Flammarion, cuyas obras invitaban a pensar en escalas de tiempo que superaban con creces la experiencia cotidiana. Aunque Proust no se dedicó a estos asuntos, vivió en un ambiente intelectual donde el tiempo era objeto de discusiones tanto en la ciencia como en las artes, lo que dio forma a una sensibilidad que reconoce la complejidad del fenómeno temporal en todas sus dimensiones. En uno de los pasajes más evocadores de su obra, describe la noche parisina como un cielo suavizado por la neblina, una imagen que refleja el hecho real de que la luz siempre llega modificada por los medios que atraviesa.
Proust, recluido durante años en la silenciosa habitación donde muere poco después de terminar de escribir sobre su búsqueda, observó con una disciplina casi científica la manera en que el tiempo transforma la memoria y moldea la identidad. Su trabajo muestra que el pasado no desaparece, sino que permanece en nosotros de modos variados, listo para manifestarse cuando una sensación lo activa. Quiero pensar que esta observación complementa lo que la ciencia ha descubierto sobre el tiempo físico, que no es uniforme ni constante, sino un fenómeno sensible a condiciones específicas.