
La ciencia es una vela en la oscuridad, escribió Carl Sagan, una vela que no solo ilumina la ignorancia, sino también el miedo, el prejuicio y la violencia. Cada descubrimiento científico, cada avance en la comprensión del mundo, ha sido de alguna manera una apuesta por impulsar la razón frente al caos, y por promover la cooperación frente al conflicto.
Esta semana se celebra la Semana Internacional de la Ciencia y de la Paz, una iniciativa proclamada por las Naciones Unidas en 1986, en una época en que la humanidad parecía vivir al borde de la destrucción nuclear en medio de la Guerra Fría. Fue una invitación a recordar que la ciencia, más allá de sus aplicaciones tecnológicas, puede ser un espacio de encuentro, que se fortalece cuando investigadores de distintos países comparten datos, cuando científicos trabajan juntos en un laboratorio, en algún proyecto o iniciativa que demuestra que el conocimiento no conoce fronteras. La idea surgió de científicos británicos preocupados por la carrera armamentista que querían recuperar el sentido humanista de la ciencia, pensando en usarla para entender el mundo, no para destruirlo.
La historia está llena de momentos en que la ciencia jugó un papel relevante como voz de razón en medio del conflicto. En 1919, poco después de la Primera Guerra Mundial, el astrónomo británico Arthur Eddington lideró una expedición para observar un eclipse total de Sol y comprobar la teoría de la relatividad de Albert Einstein. En un tiempo marcado por las tensiones entre naciones, el hecho de que un científico inglés defendiera y verificara las ideas de un físico alemán dejaba un mensaje de reconciliación intelectual y una muestra del poder de la ciencia para tender puentes más allá de los conflictos. Décadas después, en la era de las tensiones espaciales, Estados Unidos y la antigua Unión Soviética firmaron el programa Apollo-Soyuz para realizar una misión conjunta en 1975, lo que representó un gesto simbólico que demostró que incluso en medio de la rivalidad, el cielo podía ser un terreno neutral para la cooperación.
En Colombia, la paz también se construye desde el conocimiento, y es momento de entender que la ciencia puede ser una de las fuerzas más poderosas para sostenerla. Nuestro país, con su enorme riqueza natural y cultural, tiene una oportunidad única para transformar antiguos territorios de conflicto en territorios de cooperación, aprendizaje y desarrollo sostenible, apoyándose en la educación científica.
Allí donde antes se oían los ecos de la guerra, pueden florecer hoy centros de innovación rural, aulas móviles de ciencia, proyectos ambientales y redes de educación. La ciencia puede ser un puente entre comunidades, generaciones y saberes. Enseñar a jóvenes a medir la calidad del agua, analizar suelos, interpretar imágenes del bosque o reconocer constelaciones no es solo educación, es también reconstrucción del tejido social y recuperación del sentido de pertenencia.
Pero esto no puede quedarse en un bonito discurso ni en un sueño inspirador, debe traducirse en acciones concretas, en políticas sostenidas que fortalezcan el papel de la ciencia y la educación en los territorios. No bastan los proyectos aislados o de corta duración, se requiere continuidad, inversión y voluntad para hacer de la ciencia una política de Estado al servicio de la paz.
Colombia necesita creer en su capacidad de transformar desde el conocimiento, para fomentar la curiosidad, enseñar a pensar críticamente y resolver con argumentos, como herramientas para formar ciudadanos capaces de dialogar, no de destruir. La cooperación científica internacional, los programas educativos en zonas rurales y la democratización del conocimiento deben ser pilares de una nueva estrategia de paz duradera, para que cada laboratorio abierto, cada escuela con acceso a la ciencia, cada telescopio compartido bajo el cielo de una comunidad, sea una acción concreta de paz.
Quizás en el futuro, cuando miremos hacia atrás, reconozcamos que los grandes tratados y acciones de paz no fueron solo acuerdos y documentos políticos, sino también proyectos científicos compartidos, donde aprender a entender la naturaleza fue en realidad aprender a entendernos mejor como sociedad. La ciencia, cuando se hace con empatía y propósito, no solo busca respuestas en las estrellas, sino también caminos de concordia aquí en la Tierra.