
El 21 de octubre de 2015 fue durante décadas una fecha grabada en la imaginación de millones. Ese día Marty McFly y el doctor Emmett Brown llegaban en su DeLorean plateado a un futuro con autos voladores, patinetas antigravitatorias y chaquetas que se ajustaban solas. Era el año al que viajaban desde 1985 en Volver al futuro II. Hoy, diez años después de aquel futuro imaginado, seguimos sin patinetas flotantes ni máquinas del tiempo, pero el sueño de viajar a través del tiempo sigue tan vivo como entonces.
La idea de poder moverse hacia adelante o hacia atrás en el tiempo es una de las fantasías más persistentes de la ciencia ficción, pero también una de las preguntas más provocadoras de la física moderna. ¿Es posible, realmente, viajar en el tiempo?
Einstein nos dio una pista en 1905 con su teoría de la relatividad especial, al establecer que el tiempo no es absoluto, sino relativo al movimiento. Un reloj en movimiento avanza más lentamente que uno en reposo, y esto no es una ilusión, es una realidad comprobada por la física moderna. Las partículas llamadas muones, por ejemplo, viven apenas unas millonésimas de segundo cuando están en reposo, pero al viajar cerca de la velocidad de la luz en los rayos cósmicos, viven más tiempo visto desde la Tierra. En su propio marco de referencia no cambia nada, es el tiempo terrestre el que se estira.
Este fenómeno nos lleva a la célebre paradoja de los gemelos, una de las consecuencias más sorprendentes de la relatividad especial. Imaginemos que uno de dos hermanos gemelos se embarca en una nave capaz de viajar casi a la velocidad de la luz, mientras el otro permanece en la Tierra. Al regresar, el viajero descubrirá que su reloj y su cuerpo, han avanzado menos que los de su hermano. En otras palabras, el tiempo ha transcurrido más lentamente para quien se movió más rápido. No se trata de un efecto psicológico ni de una ilusión cinematográfica; es una predicción rigurosa de la teoría de Einstein y ha sido confirmada en múltiples experimentos, desde relojes atómicos a bordo de aviones hasta las partículas subatómicas que viven más tiempo cuando viajan a gran velocidad.
En cierto modo, quien viaja casi a la velocidad de la luz sí se adelanta hacia el futuro; mientras para él pasan unos pocos años, para los demás pueden transcurrir siglos. El límite, sin embargo, es infranqueable, teniendo en cuenta que nada con masa puede alcanzar la velocidad de la luz porque requeriría energía infinita, y por tanto ningún viajero puede comprimir el tiempo a voluntad.
Viajar hacia el pasado en cambio, abre un territorio mucho más extraño. Las ecuaciones de la relatividad general permiten soluciones exóticas, como los agujeros de gusano, puentes hipotéticos que conectarían regiones distantes del espacio-tiempo, o los universos rotantes de Gödel, en los que la estructura misma del cosmos se curva sobre sí y permitiría regresar a un instante anterior. Estas posibilidades, aunque fascinantes, exigen condiciones extremas, como materia con energía negativa, rotaciones cósmicas que no observamos, o densidades que desafían nuestra comprensión. Todo indica que, si bien las matemáticas no prohíben el viaje al pasado, la naturaleza parece ponerle barreras infranqueables.
Pero incluso si esas barreras pudieran superarse, aparecerían dilemas más profundos que los tecnológicos, las paradojas causales. ¿Qué sucedería si alguien viajara al pasado e impidiera el nacimiento de uno de sus antepasados? ¿Podría seguir existiendo? Este tipo de contradicciones, como la famosa paradoja del abuelo, ponen en jaque nuestra noción de causa y efecto, la estructura misma del pensamiento lógico. Algunos físicos han sugerido que el universo se protegería de tales inconsistencias mediante lo que llaman la conjetura de protección cronológica, una especie de veto natural contra los bucles temporales.
Más allá de estas especulaciones, hay una flecha del tiempo que sí comprendemos y que nadie ha logrado revertir, la entropía. Es el principio según el cual el desorden del universo tiende a aumentar, marcando una dirección inequívoca del pasado hacia el futuro. La taza rota no se recompone, la estrella que colapsa no vuelve a brillar, y nosotros avanzamos junto con el cosmos en ese flujo irreversible.
Así que, aunque no tengamos un DeLorean ni un condensador de flujo, todos somos viajeros temporales. Avanzamos segundo a segundo hacia adelante, montados en un planeta que gira alrededor del Sol, y en un Sol que orbita el centro de la galaxia. Nuestro viaje al futuro es inevitable, silencioso y preciso.