Asteroides en la mira

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El reciente revuelo causado por el asteroide 2024YR4 ha vuelto a poner en el centro de atención mediática el descubrimiento y estudio de estos cuerpos celestes. Aunque hoy en día contamos con sofisticados telescopios automatizados que rastrean el cielo en busca de objetos cercanos a la Tierra (NEOs, por sus siglas en inglés), el proceso de identificación de asteroides ha sido un desafío que ha evolucionado a lo largo de la historia.

El descubrimiento de asteroides comenzó en el siglo XIX con el hallazgo de Ceres en 1801 por Giuseppe Piazzi. En aquel entonces, los astrónomos realizaban observaciones manuales y trazaban mapas detallados del cielo, detectando pequeños puntos de luz en movimiento contra el fondo estelar. Con la llegada de la fotografía astronómica en el siglo XX, los astrónomos pudieron capturar imágenes del cielo en diferentes momentos y comparar las posiciones de los objetos, facilitando la detección de asteroides en movimiento.

Hoy en día, el descubrimiento de asteroides se basa en telescopios automatizados que escanean el cielo y utilizan algoritmos de inteligencia artificial para identificar objetos en movimiento. Programas como el Catalina Sky Survey, Pan-STARRS y el telescopio espacial NEOWISE han sido cruciales para la identificación de miles de asteroides potencialmente peligrosos. Una vez descubierto, el movimiento de un asteroide se sigue durante varias noches para calcular su órbita y determinar si representa un riesgo para la Tierra.

Determinar algunas señales particulares de una roca espacial, como su velocidad de rotación, es fundamental para comprender su estructura y evolución. Esto se hace a través de curvas de luz, es decir, indagando cómo la luz reflejada por el asteroide varía a lo largo del tiempo, lo que revela su periodo de rotación. Un caso curioso ocurrió con el asteroide 2011 MD, de unos 10 metros de diámetro, que pasó a tan solo 12 mil kilómetros de la superficie terrestre en el 2011,  y que resultó tener una rotación tan rápida que su estructura debía ser extremadamente porosa, posiblemente un montón de escombros en lugar de un cuerpo sólido.

A lo largo de la historia, numerosos asteroides han impactado nuestro planeta, dejando huellas imborrables en su superficie. Uno de los eventos más conocidos es el impacto que creó el cráter de Chicxulub, en la península de Yucatán, hace 66 millones de años, y que se asocia con la extinción de los dinosaurios. Más recientemente, en 1908, la explosión en Tunguska, Siberia, devastó más de 2.000 kilómetros cuadrados de bosque, probablemente causada por un asteroide o cometa que explotó en la atmósfera. En 2013, el evento de Cheliábinsk, en Rusia, demostró que los asteroides pequeños aún pueden representar una amenaza. Un meteoro de aproximadamente 20 metros de diámetro explotó en la atmósfera con una energía equivalente a 30 veces la bomba de Hiroshima, causando daños generalizados y más de mil heridos debido a la onda expansiva.

Durante siglos, la idea de que las piedras podían caer del cielo fue rechazada por la comunidad científica. En 1794, el físico alemán Ernst Chladni propuso que los meteoritos eran fragmentos de materia extraterrestre, pero su hipótesis fue ampliamente ignorada hasta 1803, cuando una lluvia de meteoritos cayó sobre la localidad francesa de L’Aigle. El astrónomo Jean-Baptiste Biot investigó el fenómeno y demostró que las piedras tenían un origen extraterrestre, estableciendo así la conexión entre los meteoritos y el espacio. Desde entonces, el estudio de estos impactos ha permitido reconstruir episodios clave en la historia geológica de nuestro planeta.

Un ejemplo cercano ocurrió hace más de 30 millones de años en el actual territorio colombiano, donde las vastas sabanas del Vichada fueron escenario de un impacto cósmico. Un meteorito de 2,5 kilómetros de diámetro colisionó en la región que hoy pertenece a Cumaribo, el municipio más extenso de Colombia, situado en el corazón del departamento. El violento impacto dejó su huella en forma de dos enormes cráteres: el primero, de más de 50 kilómetros de diámetro, y el segundo, de 30 kilómetros. Estas colosales estructuras se cuentan entre las más grandes de Sudamérica.

La existencia de este posible cráter de impacto, que posiblemente desvió el río Vichada, fue sugerida mediante estudios geofísicos y análisis de imágenes satelitales. Sin embargo, la confirmación de su origen meteórico aún está en investigación, ya que no se han encontrado directamente fragmentos del meteorito que lo causó.

Este caso nos recuerda que aún queda mucho por descubrir sobre los impactos cósmicos y sus consecuencias en nuestro planeta. Seguramente, la de ahora no será la última vez que las alarmas de defensa planetaria se activen ante la amenaza de un asteroide. Lo único claro es que la investigación en ciencias del espacio debe continuar, no solo para entender mejor nuestro entorno cósmico, sino para desarrollar estrategias que puedan protegernos en el futuro. La inversión en estos estudios, que hoy podría parecer lejana, puede resultar crucial para la humanidad en el momento en que debamos enfrentar el próximo gran encuentro con estos viajeros espaciales.

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