
Cuando el astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli recibió las imágenes de Marte enviadas desde Bogotá, quedó sorprendido. En un sobre llegaron 24 dibujos del planeta rojo, meticulosamente elaborados por el astrónomo colombiano José María González Benito. Desde su observatorio, el Observatorio Flammarion, en el actual Parque Santander en la capital colombiana, González Benito aprovechó la oposición de Marte de 1894, cuando el planeta estaba cercano a la Tierra, para observarlo con su telescopio de 108 milímetros de apertura.
Schiaparelli, director del Observatorio Astronómico de Brera en Milán, quedó impresionado por la nitidez de las observaciones, gracias a la altitud del observatorio, situado a 2640 metros sobre el nivel del mar. También comentó cómo las condiciones atmosféricas a esa altitud podían influir en la percepción de los astros, como la disminución de la coloración roja de Marte, “el mismo efecto que actúa sobre las coloraciones de la luna y del sol”, resaltó el italiano.
La calidad de estas observaciones no se debía a que Bogotá está 2600 metros más cerca de las estrellas, el popular eslogan que identifica a la ciudad desde 2008. Al fin y al cabo, las distancias a las estrellas son tan vastas que la altura de una meseta no altera significativamente las observaciones. Sin embargo, la menor distancia al límite de la atmósfera terrestre si mejora las imágenes, al reducir la turbulencia atmosférica y la dispersión de la luz.
La atmósfera terrestre, aunque vital para la vida, representa un desafío para la astronomía, ya que distorsiona y debilita la luz de los astros, afectando la calidad de las observaciones. Cuanto mayor sea la altitud del observatorio, menor es la cantidad de atmósfera entre el telescopio y el espacio exterior, lo que reduce estos efectos.
La importancia de la altitud en la observación astronómica se reconoció gradualmente. En el siglo XVII, científicos como Isaac Newton y Christian Huygens notaron los efectos turbulentos de la atmósfera. Huygens observó que las estrellas cintilaban y los bordes de la Luna y los planetas vibraban, incluso en condiciones aparentemente calmadas. Por su parte, Newton describió el aire como un «temblor perpetuo», y sugirió que el único remedio era un aire sereno como el que se encuentra en las cimas de las montañas más altas.
Un pionero en el establecimiento de observatorios de alta montaña fue Charles Piazzi. En 1856, cuando era astrónomo real de Escocia, llevó su equipo a dos estaciones de alta montaña en Tenerife (Islas Canarias), a 2715 y 3260 metros, y demostró que las observaciones eran significativamente mejores a mayores altitudes.
A partir de entonces, la construcción de observatorios astronómicos se trasladó a altas montañas. En 1878, se inauguró el reconocido observatorio de Pic du Midi en los Pirineos franceses, a 2877 metros de altura. Para ese momento, el Observatorio Astronómico Nacional de Colombia, el “primer templo erigido a Urania en el nuevo mundo”, ya había sido durante siete décadas el observatorio a mayor altura del mundo, y el Observatorio Flammarion de González Benito era reconocido a nivel mundial, a pesar de las condiciones de nubosidad en Bogotá.
Con el encendido de las primeras lámparas de alumbrado público a comienzos del siglo XX, la ciudad empezó a perder paulatinamente las estrellas debido a la contaminación lumínica, hasta llegar a la actualidad, donde escasamente podemos distinguir unas pocas en una noche despejada. Perdimos también el patrimonio histórico y científico del Observatorio Flammarion, demolido a finales de la década de 1980.