
Antes de intentar lo imposible, hay que ensayarlo todo. Así sucedió la primera vez que los seres humanos dejaron sus huellas en la Luna con las misiones Apolo, y así vuelve a ocurrir casi 60 años después con el proyecto Artemis.
El pasado 9 de junio, en el Centro Espacial Johnson de Houston, la NASA presentó a los cuatro seres humanos que protagonizarán la misión Artemis III, los astronautas Randy Bresnik, Luca Parmitano, Frank Rubio y Andre Douglas. La noticia llegó apenas dos meses después del emocionante viaje de Artemis II alrededor de la Luna, una misión que devolvió a millones de personas la sensación de ser testigos de esta nueva era de exploración espacial.
Sin embargo, quienes imaginan a esta tripulación descendiendo sobre el polvo gris de la Luna tendrán que esperar un poco más, ya que Artemis III no será todavía el regreso definitivo a la superficie lunar. Su objetivo es algo menos espectacular a primera vista, pero igual de importante, siendo responsable de demostrar que todas las piezas del complejo rompecabezas que llevará nuevamente seres humanos a la Luna funcionan como deben.
La Nasa ha resumido el desafío con una frase que parece el eslogan de una película “cuatro astronautas, tres lanzamientos, dos acoplamientos y un aterrizaje en el agua.” Detrás de esas palabras se esconde una de las operaciones espaciales más complejas jamás intentadas en órbita terrestre. Primero despegará el módulo Blue Moon desarrollado por Blue Origin, que permanecerá esperando en el espacio. Después llegará la nave Orión, impulsada por el gigantesco cohete SLS. Ambas naves se encontrarán y permanecerán unidas mientras los astronautas realizan pruebas, verifican sistemas y comprueban que todo funciona tal como se espera. Más adelante entrará en escena Starship, la nave desarrollada por SpaceX, con la que se repetirá buena parte del procedimiento.
Durante casi dos semanas, la tripulación pondrá a prueba sistemas de soporte vital, comunicaciones, propulsión y procedimientos operativos. Será una especie de examen final para las tecnologías que algún día deberán mantener con vida a los astronautas cuando se encuentren a cientos de miles de kilómetros de la Tierra.
La situación recuerda inevitablemente otro momento histórico, ocurrido en marzo de 1969, cuando la misión Apolo 9 realizó un ensayo similar en órbita terrestre. Nadie caminó sobre la Luna durante aquella misión, pero fue allí donde se comprobó que el módulo lunar podía separarse, maniobrar y volver a acoplarse con seguridad. Sin ese ensayo jamás habría llegado el Apolo 11 al Mar de la Tranquilidad en la Luna unos meses después.
La diferencia es que el escenario actual es mucho más complejo, y mientras que el programa Apolo dependía de un único contratista para construir el módulo lunar, Artemis incorpora a dos gigantes privados con enfoques tecnológicos muy distintos. Blue Origin y SpaceX compiten, colaboran y desarrollan soluciones diferentes para cumplir el objetivo de permitir el regreso de la humanidad a la Luna de forma sostenible.
Por supuesto, el camino no siempre es tan sencillo como esperaríamos, y los recientes contratiempos sufridos durante las pruebas de los nuevos vehículos espaciales nos recuerdan que la exploración espacial sigue siendo una actividad donde el éxito nunca está garantizado. Blue Origin continúa trabajando tras la reciente explosión de un cohete New Glenn durante pruebas realizadas a finales de mayo. Por su parte, SpaceX sigue ajustando la arquitectura de futuras misiones para hacerlas más flexibles y seguras.