La Navidad escrita en el cielo

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Cada diciembre, las ciudades se iluminan y el mundo entero parece envolverse en un resplandor especial, mientras nos disponemos a celebrar la Navidad entre villancicos, encuentros familiares, regalos y tradiciones que se han transmitido de generación en generación, sin advertir que esta época del año es en realidad un profundo eco de la astronomía.

Todo comienza con el sencillo pero extraordinario hecho de que el Sol no sigue siempre el mismo camino sobre el cielo. La Tierra gira inclinada con un ángulo de unos 23,5 grados respecto al plano en el que orbita alrededor del Sol, y esa pequeña inclinación hace que la luz del Sol llegue con distinta intensidad a lo largo del año en diferentes partes sobre la superficie terrestre, generando las estaciones, variaciones de temperatura en el planeta y cambios en la duración del día. Sin esa inclinación, el Sol saldría y se pondría casi en los mismos puntos durante todo el año y nuestros días durarían casi siempre, unas doce horas exactas. Pero no es así, y se puede afirmar que tal geometría celeste es el origen de muchos de los ritos que hoy llamamos festividades.

Durante el verano del hemisferio norte, el Sol alcanza su punto más alto y recorre su camino más largo por el cielo. Durante el invierno, sucede lo contrario, y el Sol parece descender día tras día hasta alcanzar su posición más baja y su recorrido más breve. Ese momento, cuando la noche es más larga que cualquier otra del año, es el solsticio de invierno. En el hemisferio sur ocurre lo opuesto, pero las culturas que dieron origen a buena parte de nuestras tradiciones se desarrollaron en el norte, donde la oscuridad de diciembre hacía que el renacer de la luz fuera un acontecimiento cargado de significado. Gracias a esa inclinación, cuando el hemisferio norte vive sus noches más largas, el sur disfruta de su verano más luminoso, mientras que en Colombia, ubicados casi sobre el ecuador, no sentimos cambios extremos.

Históricamente, ese renacer de la luz se celebraba con fiestas antiguas, muy anteriores al cristianismo. En Roma, el solsticio marcaba el nacimiento del Sol Invicto, una divinidad asociada con la fuerza que vuelve a crecer. Y coincidiendo casi con esas fechas se celebraban las Saturnales, días de celebración, regalos y un animado espíritu festivo. No es extraño que cuando el cristianismo comenzó a extenderse, estas fechas resultaran propicias para sacralizar el mensaje que colocaba la fecha del 25 de diciembre como una jornada dedicada a la luz que regresa.

Pero lo cierto es que en ningún texto bíblico aparece la fecha del nacimiento de Jesús, y se han propuesto posibilidades tan variadas como marzo, mayo, noviembre o enero. La elección de diciembre pudo deberse en parte a esa superposición con festividades solares muy populares, y también según algunas interpretaciones antiguas, a la idea de que los grandes personajes morían el mismo día de su concepción. Si la muerte de Jesús se ubicaba alrededor del 25 de marzo, nueve meses después coincidía naturalmente con el 25 de diciembre. De esta forma, tanto el solsticio como el equinoccio de primavera tejieron su propia ruta para desembocar simbólicamente en la Navidad.

Mientras tanto, el calendario mismo se desplazaba. El calendario juliano, establecido por Julio César, asumía que el año duraba 365,25 días. Ese pequeño error generó, con los siglos, un desfase acumulado, haciendo que los equinoccios y solsticios ya no ocurrieran cuando el calendario indicaba que debían suceder. En tiempos del Concilio de Nicea el equinoccio de primavera ya había retrocedido varios días, y para el siglo XVI la diferencia era intolerable para una Europa que definía su vida religiosa según las estaciones. 

Cuando el cristianismo empezó a definir sus fechas sagradas, como la celebración de la Navidad, estas coincidían con festivales paganos del solsticio. Con el tiempo, el solsticio real se fue desplazando hacia el 21 o 22 de diciembre, pero el 25 quedó como fecha simbólica del nacimiento de la luz. Más tarde, la reforma del papa Gregorio XIII ajustó el calendario para fijarlo de nuevo con mayor precisión, aunque mantuvo intactos los días festivos tradicionales,  preservando así un simbolismo acumulado durante siglos, incluso si ya no coincidía con el solsticio astronómico exacto.

En medio de todas estas conexiones entre cielo y cultura aparece también uno de los símbolos más evocadores de la temporada, la famosa Estrella de Belén. Desde hace mucho tiempo se ha especulado sobre qué pudo ser. Algunos apuntan a una conjunción particularmente brillante entre Júpiter y Saturno hacia el año 7 a. C., otros al paso del cometa Halley, o a la explosión de una nova que iluminó unas noches, mientras que para otros correspondería simplemente al planeta Venus en una de sus fases más brillantes. No lo sabemos con certeza, pero es revelador que incluso en sus relatos sagrados, la humanidad buscara en el firmamento un signo que marcara un nacimiento importante.

A fin de cuentas, muchas de nuestras festividades más populares, como Halloween, Pascua, o incluso el Día de la Marmota en Estados Unidos, provienen de antiguos marcadores astronómicos relacionados con solsticios, equinoccios o los días intermedios entre ellos. Esos momentos eran hitos evidentes para sociedades que dependían de la observación del cielo para sembrar, cosechar y sobrevivir. Con el tiempo se transformaron en celebraciones religiosas, culturales y familiares, pero su raíz sigue anclada en la trayectoria del Sol y en los ritmos que impone a nuestro planeta.

Quizá por eso la Navidad, más allá de las creencias personales, conserva una resonancia tan profunda. No es solo una celebración religiosa ni una fiesta cultural, es también la huella de un vínculo ancestral con el cielo, una fiesta que reconoce que incluso en el momento más oscuro del año comienza silenciosamente el regreso del Sol, una celebración tejida con la luz de nuestra querida estrella.

Feliz solsticio, feliz Navidad y felices cielos despejados.

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