La constelación olvidada del cielo de diciembre

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En estos días de diciembre el Sol avanza silencioso por una región del cielo que muchos pasan por alto, y justo alrededor del dieciséis cruza la frontera invisible que separa a Ofiuco de Sagitario. Nada en el cielo cambia de manera abrupta, pero este tránsito discreto encierra una historia que solemos olvidar, la de una constelación que forma parte del camino solar en el firmamento y que aun así ha permanecido en la sombra durante siglos.

Ofiuco es una figura imponente que representa a un hombre sujetando una serpiente. Su nombre proviene del griego Ophioukhos que significa el que lleva la serpiente, y los romanos lo conocían como Serpentarius. Esta imagen tiene raíces profundas en la tradición griega donde se vinculó con Asclepio, el semidiós de la medicina famoso por su capacidad casi milagrosa para sanar e incluso devolver la vida. La serpiente que sostiene atraviesa la constelación de un extremo al otro y se convirtió con el tiempo en el símbolo universal de la medicina, un vestigio moderno de un mito celeste.

El recorrido solar incluye el conjunto de constelaciones muy conocidas de Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpión, Sagitario, Capricornio, Acuario y Piscis, que han guiado relatos y actividades humanas durante milenios, desde la agricultura hasta la navegación. Entre Escorpión y Sagitario se encuentra Ofiuco, constelación que el Sol recorre cada año aproximadamente entre el veintinueve de noviembre y el diecisiete de diciembre.

Cuando en la antigüedad se organizaron las constelaciones por donde transita el Sol y se definieron los doce sectores tradicionales, se prefirió mantener esa estructura simétrica y sencilla que encajaba bien con los calendarios y la matemática de la época. Incluir a Ofiuco significaba romper esa división en doce partes y por eso quedó como la gran olvidada del cielo zodiacal, a pesar de ocupar una extensa región, siendo la onceava más grande entre las ochenta y ocho constelaciones del cielo. 

La riqueza astronómica de Ofiuco es notoria, ya que se encuentra en una parte del cielo donde la Vía Láctea cruza de manera espectacular. Allí encontramos enjambres de estrellas muy famosos, también a Rho Ophiuchi, uno de los complejos de nubes oscuras y regiones de formación de estrellas más bellos del firmamento, y los restos de la explosión supernova de 1604 observada por Johannes Kepler, la última supernova registrada en nuestra galaxia. 

A todo esto se añade un fenómeno conocido como precesión, un movimiento que transforma lentamente nuestras referencias celestes. La Tierra realiza un lento bamboleo que completa un ciclo cada veintiséis mil años y que cambia de forma gradual la orientación de su eje, haciendo que la posición aparente del Sol frente a las constelaciones se desplace aproximadamente una constelación cada dos mil años. 

Esto significa que las fechas que hace siglos coincidian con determinadas constelaciones ya no lo hacen y que hoy el Sol no se encuentra en el mismo lugar que ocupaba cuando se crearon las viejas correspondencias. Por eso, y por muchas otras razones, ideas tan populares como el horóscopo pierden sentido, pues sus fechas están desplazadas casi un mes respecto a la realidad celeste y ni siquiera han sido actualizadas para reflejar este movimiento lento pero inevitable de la precesión terrestre.

Volviendo a Ofiuco, esta lectura acompaña el instante en que el Sol abandona esta constelación y entra en Sagitario recordándonos que el firmamento cambia y conserva historias que solo se revelan cuando aprendemos a observarlo con atención.

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