Los primeros cohetes en cielo colombiano

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Hubo un tiempo en que lanzar algo al cielo era más un acto de fe que el resultado de un minucioso trabajo de ingeniería. No existían los cálculos de trayectoria ni las simulaciones, tan solo la intuición y el deseo de ver un objeto elevarse por encima de todo lo conocido. Ese impulso tan humano como ancestral, fue el que terminó por encender la mecha de la cohetería,  una vez comprendimos que el fuego podía servir no solo para iluminar y calentar, sino también para impulsarnos hacia lo desconocido.

El siglo XX transformó esa intuición en una ciencia exacta, y en las mentes de los primeros arquitectos del viaje espacial como Tsiolkovski, Goddard y Oberth, la mezcla de ideas y ecuaciones sustituyó el asombro por método, la curiosidad por cálculo y el sueño de volar por la firme voluntad de hacerlo realidad. A partir de ahí, la historia se aceleró y los cohetes dejaron de ser armas o curiosidades para convertirse en vehículos que abrieron el camino a la exploración espacial. En menos de medio siglo, pasamos de los experimentos de garaje al rugido del Saturno V, y del humo de un motor artesanal a la huella de un ser humano sobre la Luna.

En medio de esa fiebre espacial, lejos de las potencias tecnológicas y de sus gigantescos presupuestos, también en Colombia surgieron mentes dispuestas a intentarlo. A comienzos de los años sesenta, dos hombres, separados por su origen pero unidos por la curiosidad, decidieron que el cielo no debía ser solo para los países que aparecían en los titulares. El primero fue Francisco Restrepo Gallego, un ingeniero antioqueño formado en el Massachusetts Institute of Technology, quien regresó al país decidido a demostrar que la experimentación podía florecer incluso en un entorno sin infraestructura aeroespacial. Desde un taller en Medellín comenzó a fabricar, con sus propias manos, cohetes de combustible sólido. Los lanzaba, medía resultados, corregía errores y volvía a intentarlo. Aquellos experimentos, que apenas alcanzaban unos cientos de metros de altura, se convirtieron en una escuela viva de creatividad y rigor en donde se materializaron más de mil lanzamientos.

Casi al mismo tiempo, en la población cundinamarquesa de Tocaima, un joven de dieciséis años seguía los ecos de la carrera espacial. A  Isaías Moreno Moncadaera  sus vecinos lo apodaban “el científico”, y sin más recursos que su salario de metalmecánico se puso a la tarea de diseñar y lanzar sus primeros cohetes, los Seek I y Seek II, que alcanzaron altitudes de decenas de metros y encendieron en su comunidad una mezcla de asombro y orgullo. En 1962 logró que su cohete Tequendama I llegara a unos trescientos metros de altura, y luego intentó algo más audaz para enviar un ser vivo al cielo. Adaptó una cápsula a la que llamó Áncora, colocó dentro un cuy y bautizó su nuevo cohete con el nombre de Vílvar I. El lanzamiento terminó en explosión, pero el fracaso no lo detuvo, y construyó entonces el Tequendama II, con un pequeño primate como tripulante y un sistema de paracaídas. Aunque los resultados fueron inciertos, su empeño se transformó en leyenda y representó un símbolo para un país que también soñaba con el espacio.

La historia de estos pioneros no es la de grandes victorias tecnológicas, sino la de un impulso vital que define a la ciencia misma. Al igual que muchos entusiastas colombianos en la actualidad, Restrepo y Moreno trabajaron sin respaldo institucional, sin grandes laboratorios ni presupuestos, pero con una convicción inquebrantable, la de que el conocimiento podía despegar desde cualquier lugar del mundo si había voluntad para encender la chispa.

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