
Si levantamos nuestra mirada al firmamento, pareciera que todo lo que vemos, incluyendo el Sol, la Luna y las estrellas, se mueve alrededor de nosotros. Esa fue una de las primeras conclusiones de la humanidad, la de pensar que éramos el centro y que el resto del universo giraba en torno a la Tierra; y no era una idea descabellada, porque así se ve a simple vista. Durante siglos se enseñó como verdad indiscutible, hasta que poco a poco el ser humano fue descubriendo que la realidad era mucho más sorprendente, al ser nosotros los que giramos, sin parar y de muchas formas.
El movimiento más evidente y conocido es el de la rotación, que hace a la Tierra girar para completar cada 24 horas una vuelta sobre sí misma, dándonos el ritmo de los días y las noches. Parece algo tan natural que cuesta imaginar que hubo que pelear para aceptarlo. Copérnico lo defendió en el Renacimiento, Galileo lo mostró con sus observaciones de Júpiter, y Newton terminó por explicar la física detrás de esta danza terrestre. Hoy lo damos por sentado, pero sin esa rotación la vida sería otra, los vientos soplarían distinto, los mares no tendrían las corrientes que conocemos, y probablemente la historia de nuestra especie habría sido radicalmente diferente.
Sin embargo, el eje sobre el que giramos no es una flecha fija en el espacio. Hiparco de Nicea lo descubrió en el siglo II a. C. al notar que, con el paso de los años, las estrellas cambiaban su posición en el cielo. Era la precesión, un lento bamboleo de la Tierra que tarda unos 26.000 años en completarse. Gracias a este vaivén, la estrella polar que hoy nos sirve de guía en la dirección del norte, no siempre estuvo ahí, ni permanecerá eternamente en ese lugar. A este balanceo se suma otro, más corto y sutil, la nutación, descubierto por James Bradley en el siglo XVIII. Estos movimientos pueden sonar lejanos o irrelevantes, pero son tan precisos que los astrónomos deben tenerlos en cuenta hasta para calcular la posición de un planeta o para que un barco llegue a puerto.
Mientras tanto, nuestro planeta no solo gira sobre sí mismo, sino que recorre una órbita alrededor del Sol cada año. Este viaje es el que marca las estaciones y regula nuestros calendarios. Kepler se dio cuenta de que no era un círculo perfecto, sino una elipse, y Newton, una vez más, dio la explicación física. De repente, lo que antes eran festividades religiosas o mitológicas comenzó a tener una explicación matemática, haciendo que el invierno, la primavera, los solsticios y los eclipses obedecían a leyes universales.
Y aun así, nuestro viaje no termina allí. El Sol mismo arrastra a toda la familia planetaria en un recorrido alrededor del centro de la Vía Láctea. Tardamos 225 millones de años en dar la vuelta completa, de modo que la última vez que pasamos por esta región de la galaxia, los dinosaurios apenas comenzaban a poblar la Tierra. Pero incluso la Vía Láctea está en movimiento, como parte del Grupo Local de unas 50 galaxias viaja en un lento encuentro con Andrómeda, mientras todo el conjunto es arrastrado por la gravedad de estructuras aún mayores del universo.
Y si nos devolvemos en el tiempo, antes de que existiera la vida, incluso antes de que existiera el Sol, una nube de gas y polvo comenzó a girar en el espacio. De ese giro nacieron las órbitas, las rotaciones y los equilibrios que hoy seguimos heredando, como un eco lejano de aquellos orígenes cósmicos.
La consecuencia de todos estos movimientos no es solo astronómica. Son ellos los que han dado forma a nuestro calendario, a la navegación, a la agricultura, y también a la manera en que pensamos nuestro lugar en el universo. Cada descubrimiento fue un recordatorio de que no somos el centro de nada, sino pasajeros en una nave planetaria que nunca descansa.
Y así, mientras continuamos con nuestra vida cotidiana, y completamos esta lectura, seguiremos viajando a unos 2,7 millones de kilómetros por hora, sin siquiera despeinarnos.