
La exploración espacial entra en este 2026 en una fase distinta, en la que algunos proyectos han avanzado durante años sin ruido y alcanzan ahora etapas decisivas, mientras otros dejan atrás el terreno de las promesas para enfrentarse por fin a la realidad del esperado vuelo al espacio. Tras un periodo marcado por planes, hojas de ruta y objetivos fijados a largo plazo, este año se perfila como un momento de evaluación, un momento donde las ambiciones espaciales empiezan a medirse frente al riesgo real de salir de la Tierra.
La misión que inevitablemente marcará el tono del año es Artemis II. Por primera vez desde 1972, seres humanos volverán a abandonar la órbita baja de la Tierra para rodear la Luna, aunque no habrá alunizaje, ni bandera, ni paseo épico, pero sí algo más importante; la comprobación de que sabemos viajar, sobrevivir y regresar desde el espacio profundo con tecnología del siglo XXI. Si todo sale bien, el vuelo de Orion será menos un espectáculo y más un examen técnico, silencioso y exigente, del que dependerá el regreso humano sostenido a la Luna en los años siguientes.
Pero la Luna de 2026 no será un escenario exclusivo de astronautas. Al mismo tiempo que Artemis abre camino, una constelación de misiones robóticas intentará convertir el polo sur lunar en un territorio científicamente accesible, algo que hasta hace poco parecía inalcanzable. Aterrizadores comerciales de Estados Unidos y misiones de China apuntan a regiones permanentemente sombrías donde podría esconderse hielo de agua. No se trata solo de hacer aportes a las ciencias planetarias sino de aprender a operar con regularidad, a fallar y volver a intentar, a medir el terreno para una futura presencia a largo plazo en nuestro querido satélite natural. En ese sentido, 2026 puede ser el año en que la Luna deje de ser un destino ocasional y empiece a funcionar como un laboratorio cercano.
Mientras tanto, la órbita baja terrestre continúa su transformación silenciosa. El espacio cercano a la Tierra ya no es únicamente un dominio gubernamental, sino un entorno cada vez más comercial y con mayor influencia en la economía mundial. La llegada de las primeras estaciones privadas, entre las que se destacan Haven-1, apunta a un futuro en el que vivir y trabajar en órbita será cada vez menos extraordinario. No es una promesa de turismo masivo, sino de infraestructura, sistemas de energía, logística y servicios que buscan reemplazar gradualmente a la Estación Espacial Internacional cuando esta llegue al final de su vida útil.
En paralelo, el acceso al espacio se vuelve cada vez más rutinario. SpaceX seguirá dominando el panorama de lanzamientos, no tanto por nuevas proezas visibles, sino porque intenta resolver uno de los problemas más complejos de la exploración futura, el reabastecimiento de combustible en órbita. Si esa tecnología madura durante el 2026, cambiará por completo la arquitectura de las misiones lunares y eventualmente las marcianas.
2026 será también el año en que numerosos cohetes nuevos intenten demostrar que pueden llegar a órbita y repetir. Estados Unidos, Europa, China, India y Japón promueven vehículos que buscan romper la dependencia de un solo proveedor y garantizar acceso soberano al espacio. Seguramente, muchos intentos fallarán, algunos volarán una vez y desaparecerán, y unos pocos se convertirán en parte del paisaje cotidiano, pero así funciona la exploración cuando deja de ser heroica y se vuelve industrial.
Por su parte, las constelaciones de satélites seguirán creciendo. Amazon y AST SpaceMobile intentarán acercarse a competir con Starlink, no solo en número de satélites, sino en el tipo de servicios que ofrecen. La conectividad global, la seguridad y la autonomía tecnológica se consolidan como motores tan poderosos como la curiosidad científica.
Todo este panorama nos sitúa ante un año de transición, en el cual no llegaremos a Marte ni colonizaremos la Luna, pero sí pondremos a prueba nuestra capacidad para sostener una presencia más allá de la Tierra de forma responsable, repetible y colectiva. Este aprendizaje se desarrollará en el contexto geopolítico convulso con el que comienza 2026, marcado por tensiones entre Estados Unidos, China, Rusia y la Unión Europea, y en donde seguramente se reforzará la competencia estratégica y la búsqueda de autonomía tecnológica. Será entonces cuando veamos hasta qué punto la política condiciona la estabilidad de un orden espacial que refleja cada vez más las disputas del mundo terrestre.