Cazando marcianos

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Desde hace más de un siglo la humanidad sueña con marcianos. A finales del siglo XIX, el astrónomo Percival Lowell dibujaba en sus cuadernos una red de canales en Marte, convencido de que eran obra de una civilización agonizante que intentaba llevar agua desde los polos hacia el ecuador. Aquellos bocetos encendieron la imaginación popular y fueron la materia prima para novelas, cómics y películas que poblaron el planeta rojo de seres verdes. Con el tiempo confirmamos que no había ciudades ni obras de ingeniería colosales en la superficie marciana, pero la obsesión no desapareció. Más bien se transformó en una búsqueda científica mucho más sofisticada y nos llevó a la pregunta recurrente ¿puede existir vida en Marte, aunque sea microscópica?

La Nasa anunció recientemente resultados que vuelven a poner a Marte en primera plana. En depósitos rocosos del cañón Sapphire Canyon se han identificado moléculas orgánicas que podrían ser restos de procesos biológicos, o al menos ingredientes clave para la vida, lo cual no es una prueba definitiva de que haya vida marciana, pero sí una pista tentadora. Esto significa que, como buenos detectives cósmicos, los científicos que trabajan en el campo de la astrobiología deben hilar fino, teniendo en cuenta que las mismas moléculas pueden originarse también por procesos geológicos. 

Este nuevo hallazgo se suma a otros indicios anteriores, como por ejemplo el del metano detectado por el rover Curiosity que parece variar con las estaciones marcianas, las sales hidratadas que sugieren la presencia de agua líquida en el subsuelo y las estructuras microscópicas que recuerdan a fósiles. Cada nueva pieza alimenta la hipótesis de que Marte pudo ser habitable en el pasado, cuando era un mundo más cálido y húmedo.

Si algún día confirmamos que hubo, o que todavía hay, bacterias marcianas, el impacto será monumental. Primero, porque demostraría que la vida no es exclusiva de la Tierra, y por tanto, si surgió dos veces en un mismo sistema solar, la probabilidad de que esté distribuida por toda la galaxia se dispararía. Pero además, tendríamos un experimento natural para comparar la evolución de la vida en Marte y saber si lo hizo siguiendo caminos similares a los terrestres, o por otros radicalmente distintos. Tal vez descubriríamos que compartimos un origen común, en un proceso llamado panspermia, donde meteoritos expulsados de un planeta pudieron sembrar al otro con microbios resistentes. O quizá confirmaríamos que la vida surge de manera inevitable en el universo cuando se tienen los ingredientes básicos.

Desde otra perspectiva, la caza de marcianos es también un espejo. Nos enfrenta a la necesidad de definir qué entendemos por vida y cómo la reconocemos. Puede tratarse de la detección de moléculas orgánicas, de la observación de estructuras celulares o de la identificación de un metabolismo activo. Lo anterior nos prepara no solo para Marte, sino también para el estudio de los exoplanetas descubiertos en torno a otras estrellas, cuyo número ya supera los cinco mil.

Al mismo tiempo se abre un debate ético en torno a si debemos proteger a Marte de la contaminación terrestre antes de instalar bases humanas allí, o de lo que implicaría encontrar una biosfera marciana. En cualquier caso, la exploración espacial dejaría de ser una aventura tecnológica para convertirse en una responsabilidad planetaria.

Los próximos años serán cruciales para la exploración del planeta rojo. La misión Mars Sample Return traerá a la Tierra muestras para analizarlas con tecnología de vanguardia, mientras que nuevas generaciones de instrumentos con perforadores, robots para explorar cuevas, laboratorios miniatura y satélites de alta precisión, buscarán indicios de vida directamente en Marte. A esto se suman los planes de exploración tripulada, que en algún momento permitirán decisiones en tiempo real y la instalación de estaciones científicas permanentes. Por su parte, los avances en inteligencia artificial y bioinformática optimizarán el análisis de datos y facilitarán la identificación de posibles señales biológicas en medio del ruido geológico. 

Tal vez el descubrimiento de vida en Marte no llegue mañana, pero cada avance nos acerca un poco más a responder una de las preguntas más antiguas de la humanidad: ¿estamos solos en el universo?

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